Mi madre pelaba las naranjas quitándole la cascara con un cuchillo. La cascara iba cayendo convertida en una serpentina larga y olorosa, era maravilloso ver como la naranja quedaba redonda y blanca (otra capa de piel quedaba adherida para que solo la quitáramos antes de comerla, así de exacta era la cirugía que mi madre aplicaba a las naranjas), mientras la larga tira, en curva permanente, aún se empeñaba en envolver la fruta perdida.
Era un gozo ver esa destreza en las manos jóvenes, casi infantiles, de mi madre, quien luego brindaba esa maravilla de olor a las manos golosas de su hijos que ya se peleaban, no por el fruto, sino por la piel de la naranja.