Mi infancia la pase entre escuelas especiales y centro de educación especial (que en aquellos entonces se iniciaban y se ubicaban en lugares tan disímbolos como la colonia las Águilas o la Plaza del Estudiante, justamente arriba donde se aplicaba el Plan Tepito), acompañando a mi madre y a mis hermanos para que recibieran clases de lenguaje y de oralización. Confieso que me cansaba esa rutina de salir de la escuela a las 2 de la tarde (tiempos aquellos de clases de 8 a 2, con media hora de recreo) y correr a casa para dejar la mochila, embutirme lo que mi madre me diera y salir corriendo a tomar un "delfín", todo coordinado por la sufrida "jefa" quien agarrando de la mano a sus tres retoños se desplazaba por media ciudad y lograba llevar a su pequeña tribu a salvo, a recónditos sitios de la inmensa ciudad.
Yo me preguntaba que tenia que hacer en medio de esa vorágine y porque diablos no era como los otros niños que se podían quedar a jugar afuera de la escuela o en un campo cercano.
Crecí entre niños diferentes, con los cuales no conversaba, pues mientras ellos estaban en clase yo estaba sentado a un lado de mi madre y otras señoras escuchando sobre tejidos y estambres o formas practicas de hacer mole sin ensuciar demasiado la cocina.
No tenía las tardes para mi, sino para mis hermanos, con los cuales nunca me lleve muy bien que digamos. Era aburrido y cansado estar ahí de tarde en tarde, pero nunca pensé si a mi madre le gustaba, si a ella no le aburría. Nunca se lo pregunte.
Con el tiempo entendí que lo que hacía, no solo era por la responsabilidad para con sus hijos sordos, sino también por amor. Cosa sencilla.
Ayer recordé los rencores escondidos, por el "robo" a mis juegos, a mis tiempos, a mi infancia, lo recordé y entendí un poco más a mis padres. Ayer vi la cara morena, redonda, picara y sonriente de mi sobrina (que también es sorda), diciendome en ese lenguaje que se establece entre los familiares, que pronto regresaría a mi casa y que a escondidas de sus padres, traería un vídeo juego, para poder jugar conmigo, ya que yo no tenía uno.
El gesto (o los gestos y señas debería decir) me conmovió. No pude dejar de pensar en mi sobrina el resto del día, su sonrisa regresaba a cada rato y me hizo acercarme, creo yo, a entender lo que un padre puede sentir por su hijo... si bien Ruth, no es mi hija, el sentimiento que albergo por ella debe ser muy cercano a lo que mi madre sentía y que en los momentos de cansancio, que debieron ser muchos, la empujaba a seguir y no quejarse: simple y llano amor.
Gracias Frijol (Frijol es mi sobrina).
Un texto bien entrañable que permite ver al hombre sensible y tierno que se oculta tras esa cara de malo al estilo Pancho Villa. Vuelvo y te digo que me encantó.
ResponderEliminarGracias a ti por existir...bellas palabras acompañadas de nostalgia, todo lo imagine a los 4 en el dia a dia...cuanto los amo!!!
ResponderEliminar