viernes, 5 de noviembre de 2010

Con el frío...

Con el frío... no dan ganas de hacer nada o casí nada.
Nomás se quiere uno estar cubriendo con cobijas y más cobijas, acurrucadito en su cama. Gozando de la suavidad del colchón y de la caricia del cobertor, así, en posición fetal (como provocando el reencuentro con nuestro origen, con la cavidad materna). 
Uno quisiera pasarse así la vida comprobando, que la temperatura ideal, es la que produce nuestro propio cuerpo y que la vida no es tan mala después de todo, que  las cosas se ven mejor desde nuestro castillo de cobertores y franelas.
A mi en lo particular, en este gesto heroico de gestarme nuevamente entre edredones, me hace falta una cosa: entrepiernarme.
Me gusta el frío... si tengo la suerte de estar en mi casa con una fémina  al lado, con una mujer que no sufra de reumas y que tenga bonitas piernas; no me importa si tiene los pies fríos, pero si que guste de meter su pierna entre las mías... 
Ya sea de frente o de "cucharita, poder sentir entre mis piernas, la pierna suave, tibia y desnuda de una mujer. 
Poder acariciar una rotunda cadera que se convierte en carnoso muslo y me susurra a la mano. 
Sentir  entre mis piernas la pierna que me activa el deseo...

No sé esos países del norte, esos europeos, como no sufren de sobrepoblación y se la viven quejando del frío, si es tan rico estar entrepiernados, arrunchados (como dicen los colombianos), pasar la tarde acariciando ese cuerpo ajeno que es a la vez el propio, dejando una estela de humores en la recamara, paladeando la saliva de la otra y sintiendo que la vida ha valido la pena por ese instante cuando uno se ve reflejado en los ojos del otro cuando llega el orgasmo.





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