Un taco puede ser de todo.
La tortilla recibe en su seno, casi cualquier alimento. Abraza y envuelve lo que le pongan, lo que le embarren (como una cariñosa madre que recibe a su hijo perdido con los brazos abiertos), y al recibir al visitante, se funde con él, para convertirse en taco.
Los hay, desde el básico de sal (engullido a las volandas en la fila de la tortillería), pasando por el de guisado (con relleno de acuerdo al gusto del comensal y a las existencias en la cocina) y el de pastor (sincretismo mágico de los árabes y mexicanos; que ya tomo carta de naturalización en estas tierras aztecas), hasta llegar al taco de bistec o de cecina (variantes con queso oaxaca, papas y nopales).
Y si nos seguimos por el terraplén de la gula, nos topamos con variantes impensadas, arriesgadas formas del barroco convertido en antojo... el clásico taco placero: de chicharrón, nopales y queso, placer de los domingos y pronta ayuda para las crudas; el de canasta: graso y relleno de frijol o chicharrón prensado (bañado en salsa verde, tomada directamente de un gigante frasco de mayonesa convertido en deposito de picores y cilantro picadito); el dorado: enrollado y frito, con pollo o barbacoa en su interior, patrio como el que más, con su crema y queso blanco fondeando el baño de salsa roja y verde.
Y ya no le sigo, porque empiezo a salivar y corro el riesgo de salir a buscar un taco de suadero, lengua, cabeza, nana, buche, oreja, tripa o maciza; de esos que venden en cualquier puesto a deshoras de la noche.
El taco es infinito.
Y señores, eso sí... los tacos no son esa cosa dura, que parece cartón en forma de media luna, como un totopo gigante y mal frito, mala interpretación "gringa" de nuestro platillo primigenio...
!!!Porque antes de todo fue el taco!!! y el taco es mexicano... tan, tan.
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